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La globalización como chivo expiatorio


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Desde el fin de la 2da. guerra mundial se fueron produciendo grandes cambios sociales, políticos y económicos en el mundo. Esto no es novedad. Siempre la humanidad ha vivido en procesos de constantes transformaciones. La Revolución Francesa cambió los paradigmas de occidente. Pero las ideas que impulsaban esos cambios y las consecuencias de los mismos, llegaban de una persona a otra, pasaban al conocimiento de poblaciones lejanas por muy pocas vías y todas muy lentas. Tradición oral y escasa cantidad de libros era la forma en que el conocimiento e información pasaba de un lugar a otro. Pero, desde 1945, los cambios de todo orden fueron acompañados de una verdadera revolución tecnológica, particularmente aquella que se vincula a la información y al conocimiento. En ese proceso tenemos la TV, los satélites, la fibra óptica y la Internet. Cada uno ellos contribuyeron -junto a otros- a que la velocidad de circulación de la información e imágenes aumentara hasta eliminar el factor tiempo. Hoy la demora en pasar la información de una persona a otra, de un territorio a otro, ha desaparecido. En síntesis el planeta y sus habitantes cuentan con una tecnología que hoy es de uso domestico y permite estar comunicados y acceder a la información sin que el espacio y el tiempo impongan alguna condición. Y el mayor poder de estas tecnologías radica en que tampoco el hombre puede condicionarlas.
AISLAMIENTO
Hasta hace muy poco tiempo cuando el transporte de la información y conocimiento se limitaba al libro, TV, la radio y la prensa escrita, el hecho de que un gobierno -el Estado Nación- en ejercicio del monopolio de la fuerza -concepción Weberiana- pudiese controlar qué, cómo y cuándo se comunicaba, permitía mantener aislado al territorio y su población. Si algún intelectual manifestaba algo inconveniente, el Estado (seguramente violando derechos) podía evitarlo, cerrando un diario, prohibiendo un libro, o controlando las transmisiones de TV. Hoy esto ya no es posible. Los gobiernos no pueden aislar a su población de aquellas cosas que ocurren en el resto del mundo, y tampoco -esto es lo importante- puede controlar o impedir que desde otro territorio se denuncie y difunda aquello que aquel quiere silenciar. Su capacidad de acción se ha visto reducida sustancialmente desde que se estableció una red global de comunicaciones (World Wide Web). La existencia de centenares de satélites y la Internet reducen los espacios a una síntesis: el mundo es uno solo como espacio y las fronteras políticas, así como el poder del Estado, se van esfumando o se aproximan a una ficción.
Así, las nuevas tecnologías de la comunicación e información se combinaron con determinados sucesos que fueron produciéndose en la economía y política internacional entre fines de los 60 y principios de los 70 (alto crecimiento y expansión monetaria, desmantelamiento del sistema Bretton Woods y la irrupción como actores de la CEE y Japón), sumado a decisiones político-económicos de las potencias en los 70 y 80 (cambios de paradigma económico – Escuela de Chicago – Tacherismo – Reaganomies – Consenso de Washington) y finalmente, la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS. Todas fueron constituyendo la plataforma del proceso llamado globalización como una nueva etapa en las relaciones económicas, sociales y políticas.
TECNOLOGIA Y MERCADO
Pero debemos separar la idea del desarrollo tecnológico de aquellas políticas que intentaron imponer un nuevo paradigma centrado en el “mercado” como concepto que podía extenderse a todos los órdenes de la vida en sociedad. Es decir, deberíamos concentrarnos a la hora de cuestionar o atacar a la globalización en la base ideológica que la direccionó, pues las variables tecnológicas son las mismas que permitirían construir una idea de globalización más democrática y que hoy son el principal instrumento para aquellos que protestan y proponen alternativas a aquella ideología. La globalización fue impulsada por una idea dominante que intenta hasta hoy
sustituir al Estado democrático como construcción social y política, por la idea de un mecanismo de decisión individual y colectiva que se rija en forma excluyente por el “mercado”. Esta versión inicial de globalización es la que se impuso desde el fin de la década de 1970, durante toda la década de 1980 y 1990. El orden político westfaliano y la economía keynesiana fueron cuestionadas en esos tiempos con una fuerte ofensiva intelectual y política. Con la caída del comunismo y la desintegración de la URSS se impuso la idea de un mundo regido por una sola ideología, utilizando la metáfora de Fukuyama, estábamos ante el “fin de la historia”. Pero, ya desde el inicio de los años 2000, comienza una reacción que fue incrementándose en todo el planeta, no solo por intelectuales que cuestionaron el proceso a lo largo de toda la década de 1990, sino por muchos sectores políticos y la sociedad civil organizada, tanto en el mundo desarrollado como en el subdesarrollado. ¿Por qué el cuestionamiento? Principalmente, debido al fuerte desequilibrio social que el vendaval globalizador dejó en los últimos 25 años. La globalización trajo paralelamente, la etapa de mayor crecimiento de la economía y la de mayor desigualdad social. Los daños colaterales (así lo llama Z. Bauman) llegaron al extremo de convertirse en eje de debate en los EE UU. Basta recordar que en 2008 Barack Obama ganó las elecciones presidenciales concentrando su discurso en atacar a la especulación financiera que dejaba sin trabajo a millones de personas y la necesidad de crear un sistema de salud desde el Estado que cubriera las necesidades de la población, abandonando así la idea de que el “mercado” es el que debía decidir también en esa materia.
DEBATE PERIMIDO
El debate sobre si la globalización es buena o mala debe ser superado. La actitud no debe ser paralizarnos e insultar o tirar piedras como seguramente se hizo contra el tren o automóvil cuando estos aparecieron como máquinas infernales que amenazaban la vida tal cual estaba planteaba hasta entonces. Coincidimos con Beck y Giddens en que no debemos quedarnos en tomar a la globalización como “chivo expiatorio”. Desde estas palabras queremos dejar planteada otra idea: ¿cómo podemos aprovechar los instrumentos de la globalización para construir una nueva economía y profundizar la democracia como reaseguro contra la idea del gobierno del mercado donde la concentración de riqueza y las desigualdades aumentan sin distinción de fronteras?. Nuestra postura es construir sobre la globalización, no paralizarnos, no quedarnos arrojando piedras contra ella, y menos aún someternos a la ideología que la impulsó, como es la visión del neoliberalismo.
Entendemos en esta línea de razonamiento que no todos los países han planteado la misma estrategia frente a la globalización, y por ello, hasta aquí habrían logrado resultados muy distintos. ¿Fue igual la estrategia de Brasil que la de Argentina? ¿Han logrado los mismos resultados sociales, económicas y de inserción internacional?
Debemos entender que no habrá futuro tomando a la globalización como chivo expiatorio. En cambio podemos tener una nueva oportunidad si comprendemos -como lo hace Brasil- que la globalización y una economía de nuevas tecnologías, con revalorización de la producción de alimentos, la biotecnología, las energías limpias y todas aquellas actividades de la llamada era del conocimiento, permitirían convertir a un país como el nuestro en potencia y al mismo tiempo solucionar los problemas sociales de millones de personas.

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